El microbioma ocular de los usuarios de lentes de contacto

Se calcula que en el mundo hay unos 140 millones de usuarios de lentes de contacto, según datos aportados por Muntz y col. y aunque cada vez las lentes que se utilizan son de materiales más novedosos y biocompatibles, las soluciones de mantenimiento más seguras y los períodos de reemplazo más variados, siguen dándose con más frecuencia de la que nos gustaría una serie de quejas y abandonos. La incomodidad y la sequedad siguen siendo las quejas más frecuentes, sin embargo, la queratitis microbiana y las condiciones inflamatorias derivadas del uso de las lentes no han disminuido, como cabría esperar, pese a las novedades aportadas por los avances tecnológicos. (Muntz A, 2015)

El uso de lentes de contacto es un factor que predispone al desarrollo de queratitis microbiana. Aunque su incidencia no es elevada (se estima que es de 1,1:10.000 usuarios de lentes rígidas permeables, 3,5:10.000 usuarios de lentes blandas en uso diario y 20:10.000 en usuarios de lentes blandas en uso prolongado), sigue siéndolo más que en los no usuarios. Aunque los datos aportados no corresponden a un estudio reciente, los datos encontrados en estudios más actuales no difieren mucho de éstos. (Cheng K, 1999)

El llevar una lente de contacto sobre la superficie ocular no es algo sin consecuencias, está comprobado que tiene un efecto, modificando de forma temporal (reversible al dejar de usar las lentes) el microbioma o microbiota ocular, más conocida como la flora bacteriana. Estos cambios en el entorno ocular pueden ser favorables para algunos de esos microorganismos, potenciales patógenos, dando como resultado una mayor incidencia de infecciones en estas personas simplemente por usar lentes de contacto, no necesariamente por hacer un mal o inadecuado uso de ellas.

Cultivo de la impresión de la mano de un niño de 8 años, tras jugar en el exterior. Autor: Tasha Sturm, Cabrillo College

Cultivo de la impresión de la mano de un niño de 8 años, tras jugar en el exterior. Autor: Tasha Sturm, Cabrillo College

También se han realizado numerosos estudios que informan sobre estos cambios, tanto si las lentes de contacto se emplean en modalidad de uso diario, como si se hace en la modalidad de uso prolongado, es decir, sin retirarlas del ojo para irse a dormir, y tanto si se trata de lentes blandas hidrófilas como de lentes rígidas permeables de cualquiera de los materiales que se emplean para su fabricación. Para realizar estos estudios el procedimiento tradicional pasaba por recoger muestras de superficie ocular, de la conjuntiva, del borde del párpado y de las propias lentes, cultivarlas en un medio adecuado para poder observar y cuantificar el crecimiento microbiano. Estudios de este tipo, como los realizados por Stapleton y col., mostraron una mayor cantidad de microorganismos si la muestra procedía de la conjuntiva de un usuario de lentes de contacto en modalidad de uso prolongado que en aquellos de uso diario. Incluso en los usuarios de uso prolongado, los resultados eran diferentes si se tomaban las muestras de la conjuntiva nada más despertarse o cuando llevaban un tiempo ya despiertos y parpadeando normalmente, ya que el número de “residentes” en esta microbiota ocular disminuía según pasaba el tiempo con el ojo abierto y parpadeando. Por tanto, como es de todos sabido, llevar la lente puesta de forma continuada también durante las horas de sueño, da lugar a un entorno de tipo inflamatorio subclínico, que puede predisponer al ojo a una mayor incidencia de desórdenes inflamatorios y/o infecciosos.

No se encontraron diferencias entre los cultivos procedentes de nuevos usuarios comparado con aquellos de quienes eran usuarios desde hace más tiempo, aunque se supone que los más novatos tardarían más en ponerse las lentes y manipularían más el ojo y la lente, añadiendo un riesgo adicional. Tampoco hallaron diferencias entre los diferentes materiales de lentes empleados en el estudio y sí las hallaron relacionadas con diferentes períodos estacionales o el uso de estuche portalentes sucio. (Stapleton F, 1995. “Changes to the ocular biota with time in extended- and daily-wear disposable contact lens use. Infection and inmunity”, 4501-4505.)

Quistes de Acanthamoeba en la placa de cultivo. Fuente: Elaboración propia.

Quistes de Acanthamoeba en la placa de cultivo. Fuente: Elaboración propia.

La función de barrera que ejerce el epitelio corneal frente al entorno se ve afectada por el uso de las lentes de contacto, lo cual facilitaría la entrada de microorganismos. Ni siquiera es necesario que esa barrera se rompa, ya que situaciones como la hipoxia ocasionada por una lente, pueden causar cambios en la permeabilidad del epitelio intacto que reduzcan la eficacia de su función de barrera. Sin olvidar que las posibles erosiones y otros daños que podemos ver en forma de tinciones, suponen alteraciones que facilitarían el acceso de esos posibles patógenos. Además algunos microorganismos, como la temida Acanthamoeba, es capaz de romper epitelios intactos para penetrar y causar una grave infección. (Efron N, 2013)

Muchos de los efectos no deseados de las lentes se producen por la colonización de éstas por parte de las bacterias del entorno ocular. La complicación severa que puede suponer esta infección está causada, en un elevado porcentaje de los casos, por la bacteria Pseudomonas aeruginosa. (Willcox M.D.P, 2001. “Opthalmic Special Issue Bacterial interactions with contact lenses; effects of lens material, lens wear and microbial physiology.” Biomaterials, 22(24, 15), 3235–3247.)

Con el método tradicional ya descrito para identificar y estudiar estos microorganismos, se ha conseguido identificar cientos de especies de bacterias, tanto beneficiosas como perjudiciales. Pero este es un procedimiento no solamente lento y costoso, sino que como no es posible saber las condiciones que requiere cada especie (nutrientes, temperatura principalmente) al no saber que especies son las que nos vamos a encontrar allí, eso nos hará suponer que un número elevado de ellas o bien no aparezcan en el cultivo o bien no lo hagan en las condiciones óptimas.

Las técnicas actuales nos permiten ir un paso más allá, son técnicas de biología molecular que permiten analizar muestras que contienen diferentes tipos de microorganismos sin tener que separarlos previamente ni cultivarlos: analizan genes. Son técnicas parecidas a las que se usan para descifrar el genoma humano y tienen un potencial mucho mayor de conocer e identificar bacterias y microorganismos presentes, ya que se estima que hasta su aparición los microbiólogos con los métodos anteriores, habían conseguido cultivar menos del 1% de las especies del planeta.

Investigadores del NYU Langone Medical Center, aplicando este tipo de técnicas al cultivo del microbioma (o microbiota) ocular, hallaron diferencias significativas entre los resultados procedentes de superficie conjuntival de personas usuarias de lentes de contacto y de las que no las usaban. En sus resultados exponen que la diversidad bacteriana en la conjuntiva de aquellos que usan lentillas es mayor que la de los que no las usan, siendo en estos casos más parecida a la microbiota de la piel de la zona periocular y del párpado que a la de la superficie ocular. De alguna manera esto significa que al poner en el ojo ese cuerpo extraño que es la lente de contacto o bien agregamos una mayor carga microbiana a esa zona, o bien en alguna manera estamos afectando al sistema inmune, y ciertas bacterias consiguen en mayor proporción crecer y prosperar. (Shin H, 2015)

Los principales microorganismos que aparecen en mayor cantidad en usuarios comparado con no usuarios son: Methylobacterium, Lactobacillus, Acinetobacter y Pseudomonas. Sin embargo en las mismas muestras encontraron menos Corynebacterium, Streptococcus y Staphylococcus en usuarios de lentes de contacto.

Esto no hace sino confirmar lo que ya sabíamos: usar lentes de contacto altera la estructura microbiana de la superficie ocular del paciente, que es más parecida a la de la piel que rodea a los ojos. La lente no deja de ser un cuerpo extraño, la tocamos con los dedos, durante el tiempo que está colocado en el ojo altera el funcionamiento del sistema inmune sobre la superficie ocular, limita el efecto de barrido del parpadeo, lo cual propicia el diferente desarrollo de las bacterias habituales de ese entorno: ayuda a disminuir algunas pero permite un mayor desarrollo de otras.

Quistes de Acanthamoeba en la placa de cultivo. Fuente: Elaboración propia.

Quistes de Acanthamoeba en la placa de cultivo. Fuente: Elaboración propia.

En el estudio realizado en la USP CEU “Acanthmoeba y lentes de contacto, ¿un riesgo real?” (Proyecto PI12/02725 del Instituto de Salud Carlos III (FISS) y fondos FEDER), utilizamos este tipo de técnicas para buscar la presencia de amebas en lentes desechables que recogíamos de los estudiantes de nuestra universidad. En él se recogieron lentes de 177 personas, usuarios asintomáticos de lentes de contacto. Acompañaban las lentes entregadas con una encuesta de hábitos higiénicos. Cada una de las muestras se utilizó de dos maneras: una parte se cultivó en placa Petri y otra se sometió a la técnica de Reacción en Cadena de la Polimerasa (PCR) en tiempo real . De los resultados de las encuestas sobre hábitos daría para hablar largo y tendido, aunque nada que a cualquier optometrista le pueda sorprender, y no precisamente porque éstos fueran los más adecuados…

Pero vayamos al otro tema que nos ocupa hoy, el cultivo: solamente en uno de esos 177 cultivos se obtuvo una muestra positiva: crecieron y se aislaron quistes y trofozoítos de Acanthamoeba. Ello, quedándonos en el método tradicional podría indicar que solamente en una de las muestras recogidas, un 1,1%, había la posibilidad o más bien, el riesgo de una infección por este protozoo.

Al analizar los resultados de la PCR en tiempo real obtuvimos 87 muestras positivas, un 49,15% de las muestras revelaron datos genéticos, o lo que es lo mismo, en un 49,15% de las muestras había habido amebas, aunque no hubieran sido viables en nuestro cultivo. Esto significaría, a grandes rasgos, que de las 177 personas participantes, 87 de ellas podrían haber estado en riesgo de padecer este tipo de queratitis… Esto, sin embargo, no debe ni sorprendernos ni escandalizarnos: la Acanthamoeba está presente en nuestro entorno. Se reconoce su presencia en más del 90% del agua potable, no digamos ya en el suelo o en aguas residuales. Solamente tenemos que pensar que, afortunadamente, nuestro sistema inmune es tremendamente efectivo frente a esos posibles patógenos que están en el entorno.

También, por supuesto, que es fundamental el tiempo dedicado por el optometrista a informar a nuestros usuarios de lentes sobre la necesidad de extremar los cuidados en la higiene de manos, lentes, portalentes y zona periocular, para tratar de disminuir al mínimo la incidencia de complicaciones. Y por supuesto, educarles para que siempre respeten los tiempos de uso, de reemplazo y utilización de sistemas de mantenimiento que les indicamos para el cuidado de sus lentes y de la salud de sus ojos.

Subscríbase, y le enviaremos gratuitamente cada nuevo artículo de Ophtalmos a su correo.

Dra. Sara Bueno Fernández
Profesor Colaborador.
Grado en Óptica, Optometría y Audiología.
Facultad de Farmacia. Universidad CEU San Pablo.
Investigador del Grupo de Óptica y Visión sobre Control de Miopía.
USP CEU.

Share

Comments (1)
  1. Hernan Alvarez 13 octubre, 2015

Responder a Hernan Alvarez Cancelar respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Subscríbete, y recibirás un aviso en cuanto aparezca uno nuestros artículos.



Ophtalmos